Era el año 2068 en el que se había dado aquella proeza médica. ¡Se logró realizar el primer trasplante de cerebro! Los médicos tenían la incertidumbre sobre si, después de la operación, el paciente, luego de habérsele retirado la masa encefálica, habría de perder su identidad. Es decir, se tenía por supuesto que la identidad de uno residía en el cerebro y con ella la memoria de todas las vivencias: penas, alegrías, amores, desamores, etcétera. También temieron, sin poder confirmarlo antes de la operación, la pérdida total de la memoria o, como se usa en la jerga informática, el “formateo” del “disco duro”. Estos temores radicaban en el sencillo hecho de que iba a trasplantarse el cerebro de una persona por el de otra. Esto es, si toda la información se encuentra en el cerebro, entonces, al trasplantarse éste, se trasplanta con él toda la información. Así, dedujeron el muy probable resultado: Hay dos voluntarios a someterse a operación: Juan y Pedro. Al trasplantar el cerebro de cada paciente, el resultado será que Juan será Pedro y Pedro será Juan, puesto que la identidad del ser humano no se encuentra en el cuerpo sino en el cerebro.
La operación se llevó a cabo con éxito y pronto las noticias se propagaron por todo el mundo. Los voluntarios se encontraban con vida y próximos a su recuperación. La ciencia había dado uno de sus pasos más importantes en toda la historia de la humanidad. Este avance científico suponía nuevos descubrimientos en materia de este órgano tan misterioso. Su sola manipulación significaba un desvelamiento de sus secretos. Posiblemente podría llegarse a conocer lo más profundo de la existencia humana. El mundo entero respiraba optimismo.
Y fue luego de la operación que ocurrió todo lo contrario. Una crisis para la neurociencia y su psicología derivada. Un paso en falso, un desengaño. Resultó que ambos voluntarios conservaron su identidad original. Es decir, intercambiaron cerebros, pero Juan siguió siendo Juan y Pedro siendo Pedro. Fue como si les hubieran practicado un intercambio de corazón a pacientes compatibles. Pues antiguamente se tenía la creencia de que los sentimientos se encontraban en el corazón y, posiblemente al trasplantarse éste, se irían con él los sentimientos albergados. Luego del trasplante supo la humanidad que es solo un órgano. Pues pasó lo mismo con el cerebro. Resultó ser solo un órgano. Los pacientes voluntarios sobrevivieron a la operación y conservaron su personalidad a pesar de contener en sus cráneos el cerebro del otro. Era un resultado inesperado que acarreaba consigo más dudas, mayores misterios y una creciente confusión. Puesto que si la información, el razonamiento y los sentimientos no se encontraban en el cerebro, entonces, ¿en qué “lugar” se encuentran?
La operación se llevó a cabo con éxito y pronto las noticias se propagaron por todo el mundo. Los voluntarios se encontraban con vida y próximos a su recuperación. La ciencia había dado uno de sus pasos más importantes en toda la historia de la humanidad. Este avance científico suponía nuevos descubrimientos en materia de este órgano tan misterioso. Su sola manipulación significaba un desvelamiento de sus secretos. Posiblemente podría llegarse a conocer lo más profundo de la existencia humana. El mundo entero respiraba optimismo.
Y fue luego de la operación que ocurrió todo lo contrario. Una crisis para la neurociencia y su psicología derivada. Un paso en falso, un desengaño. Resultó que ambos voluntarios conservaron su identidad original. Es decir, intercambiaron cerebros, pero Juan siguió siendo Juan y Pedro siendo Pedro. Fue como si les hubieran practicado un intercambio de corazón a pacientes compatibles. Pues antiguamente se tenía la creencia de que los sentimientos se encontraban en el corazón y, posiblemente al trasplantarse éste, se irían con él los sentimientos albergados. Luego del trasplante supo la humanidad que es solo un órgano. Pues pasó lo mismo con el cerebro. Resultó ser solo un órgano. Los pacientes voluntarios sobrevivieron a la operación y conservaron su personalidad a pesar de contener en sus cráneos el cerebro del otro. Era un resultado inesperado que acarreaba consigo más dudas, mayores misterios y una creciente confusión. Puesto que si la información, el razonamiento y los sentimientos no se encontraban en el cerebro, entonces, ¿en qué “lugar” se encuentran?
3 comentarios:
Interesante. Saludos.
no eres lo que habitas, tu casa...es solamente eso...qué buen cuento, me gustó Jean Paul.
saludos...Diana
Divagando a ciencia no cierta diría que quizá la información, el razonamiento y los sentimientos son un compendio de nuestra naturaleza en forma de energía que se transmite a través de nuestro cuerpo, que se canaliza en nuestros órganos pero no reside en ellos, quizá sea electricidad fluyendo continuamente generando acciones y reacciones que son asimilada de forma distinta dependiendo donde actúen, pero con esa respuesta no argumentaría lo suficiente.
Quisiera dejarlo en que nuestra existencia es y seguirá siendo por algunos años más (si no es por un periodo mayor), el mayor cuestionamiento de nuestra historia como seres existentes en un espacio determinado.
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